
Kazimir Malévich – Blanco sobre blanco (1918)
Estos días dorados
y este sol de Noviembre
de las tres de la tarde.No es normal que un sol de mediodía de noviembre me queme en el rostro.
Conduzco. La intensidad de la luz tiene un matiz muy concreto si te has levantado de noche, si te has agarrado a trabajar aún de noche. Mi cuerpo pide descanso, que me ocupe de el, aplastado por un pintoresco y a la vez sublime cielo raso que se me muestra como el horizonte lineal de un desierto.
Nunca como ahora he podido percibir tan profunda una imagen frente a mi. Escuchando lo que dicen los pintores, he aprendido a mirar, a abstraer en general.
Conduciendo de vuelta a casa, se me muestra
un lienzo, en blanco, que no abarco con la vista, por el que conduzco
el sol que se derrama sobre el lienzo, quemándolo hasta el blanco
un único punto que rueda sobre el blanco, aplastado sobre el lienzo.
Entiendo en un instante, y sólo por un instante, el sentido de mi movimiento, tantas cosas sobre mi mismo. Que el blanco me busca, me espera. Qué paz en la llama.