28 de enero.

Le dice:

A veces la vida nos da estas lecciones sobre las miserias del alma humana, sobre los múltiples sótanos de la indignidad humana. Y lo suelta todo a la vez. Todo en una semana.

Otras veces pasan años, y no nos enseña ni eso.

Y pasean con media sonrisa, buscando la acera soleada, mordiendo media tableta de chocolate, con un cerro de libros nuevos debajo del brazo.

4 de enero.

Cuando empieza un camino, la ilusión. Si algo me pone en pie es porque tiene en sí la fuerza necesaria. No me mueve el fin, es el comienzo quien brilla como una mañana metálica. Irrompible. Sentir cuánto de nuevo tiene cada paso.

Cuando el camino está mediado, las dudas. Está tan lejos el final que no lo abraca la imaginación o la experiencia. Entonces cuesta lo mismo seguir que quedarse sentado.

Cuando acaba, la nostalgia. El cuerpo se acomoda, el esfuerzo se vuelve cotidiano, el fin se siente como un gran vacío. Aunque ya no haya camino, los pies piden más.

De todos los caminos que he empezado, que he acabado, estoy al comienzo del que me va a llevar más lejos, y a la vez más cerca de mí.

Le dice:

El conocimiento

no te hace más feliz,

te hace más grande.

24 de noviembre.

Un cuaderno, de tapas que imitan a piel negra. De antes de que apareciesen las moleskine. Me leo. ¿Qué diría de mí hace unos años?

Paso de página en página. No me fijo. No lo capto. Tengo otro pensamiento en mente que me impide observar. Miro el lomo del cuaderno, ahí si que me detengo un lago rato. Lo empecé con 22.



Mis palabras
escritas de adulto
ya amarillean.

21 de noviembre.

De niño, las mañanas del sábado cogíamos la bicicleta temprano y nos íbamos por las veredas a Jamilena, Martos, Santana, al cementerio de los burros.

De vuelta, nos volvíamos a reunir el la fuente del parque. Bebíamos hasta secarla.

Iba a casa, cansado, aún con un fin de semana entero por delante, con la sensación de tener mucho tiempo para mí. La tarde del sábado viendo películas de aventuras, comiendo castañas, dando una vuelta en las calles vacías del pueblo. Eran eternas.

YA no hay tanto tiempo en mis manos como entonces.

19 de noviembre.

Hay luz en el abismo.

Mi otro yo, mi yo más real,

es fruto del insomnio.

18 de noviembre.

Kazimir Malévich – Blanco sobre blanco (1918)





Estos días dorados
y este sol de Noviembre
de las tres de la tarde.





No es normal que un sol de mediodía de noviembre me queme en el rostro.

Conduzco. La intensidad de la luz tiene un matiz muy concreto si te has levantado de noche, si te has agarrado a trabajar aún de noche. Mi cuerpo pide descanso, que me ocupe de el, aplastado por un pintoresco y a la vez sublime cielo raso que se me muestra como el horizonte lineal de un desierto.


Nunca como ahora he podido percibir tan profunda una imagen frente a mi. Escuchando lo que dicen los pintores, he aprendido a mirar, a abstraer en general.




Conduciendo de vuelta a casa, se me muestra


un lienzo, en blanco, que no abarco con la vista, por el que conduzco

el sol que se derrama sobre el lienzo, quemándolo hasta el blanco

un único punto que rueda sobre el blanco, aplastado sobre el lienzo.




Entiendo en un instante, y sólo por un instante, el sentido de mi movimiento, tantas cosas sobre mi mismo. Que el blanco me busca, me espera. Qué paz en la llama.

24 de septiembre.

Me persigue el eco de una sensación.

Lo recuerdo todo, cada imagen, cada movimiento. Sin quererlo, me asalta cada pensamiento.

De alguna forma se me ha quedado todo gravado, como si hubiese mirado fijamente al sol,

y ahora, mire donde mire, me persigue el eco.

Ha sido esta mañana. Me vi muerto. Hubo un gran silencio, como en los sueños. Alguien dentro de mí lo aceptó. Dijo - Ya está.

Giré el volante y el otro lo giró hacia el otro lado. Entendí que iba a llevarse al coche del otro carril. Pero tampoco. No pasó nada. Se perdió. Todos le pitábamos.

Tal vez haya estado más cerca otras veces. Pero hasta ahora no había sido tan consciente.

Qué vértigo aceptar que estás muerto. Ahora siento una parte de mí en otro lado.